Cuando Santiago dejó de ser la capital de Chile

Javier Vergara, nuestro Director Ejecutivo, escribe, en el marco de la Semana del Clima, sobre los desafíos que debemos asumir como sociedad para enfrentar el cambio climático.

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Gatillado por los efectos del Cambio Climático, la idea de que Santiago deje de ser la capital de Chile en la segunda parte del presente siglo XXI transita por mi cabeza hoy por hoy entre un escenario de ficción y una posible realidad.

Ficción, ya que no es hecho consumado sino más bien una idea distópica planteada en el último capítulo del libro “Así No Podemos Seguir” del cientista político chileno Raúl Sohr - el cual conecta política, energía y medioambiente - y donde relata una escena hipotética durante la segunda mitad del presente siglo. En ésta, un ciudadano extranjero en la cima del cerro San Cristóbal le pregunta a un santiaguino: “¿Por qué razón la ciudad de Santiago se ve desde lo alto tan preocupantemente deshabitada, sin la intensidad, el ajetreo y la energía que la caracterizaba años atrás? El santiaguino le responde rápidamente: “Porque Santiago dejó hace años de ser la capital de Chile”.

Las razones de Sohr para dibujar este escenario de ficción - por ahora - tienen que ver con el cambio del clima, y cómo Santiago pierde su principal fuente de agua proveniente de los acuíferos de la cordillera, entre ellos el Glaciar Echaurren responsable del 70% del agua que bebemos y usamos los santiaguinos diariamente. La ciudad pierde así sus atributos básicos para sostener la vida de millones de personas, su competitividad y relevancia estratégica, trasladándose la capital hacia el sur del país donde la escasez de agua aún no llega a niveles críticos.

Más allá de la ubicación de la capital, hoy la realidad del relato está en los efectos concretos del cambio del clima, el retroceso de los glaciares y muchas otras consecuencias como la acelerada desertificación del planeta, los eventos naturales extremos como sequías, incendios, inundaciones y otros. Todo esto no es ficción, muy por el contrario, es una preocupante realidad la cual es confirmada al escuchar el último informe publicado el pasado 8 de octubre por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC por su sigla en inglés).



El panel conformado por 91 expertos de 44 países alertó que para lograr limitar el calentamiento del planeta a no más de 1.5º con respecto a la temperatura de la era preindustrial, los países del mundo entero debemos actuar rápido, de forma extensiva y aplicando cambios sin precedentes en todas las dimensiones de la sociedad.

¿Cómo acelerar el cambio de actitud? No es fácil, pero es imprescindible moverse en esa dirección. Parte de la solución pasa por entender que todos somos responsables, informandonos mejor, participando de manera activa y haciéndonos parte del debate. ¿Una oportunidad concreta para hacerlo? Durante estos días se realiza en Santiago la Semana del Clima, una reunión que por segunda vez reúne a múltiples actores del mundo público, privado y sociedad civil en torno al trabajo y discusión de ideas concretas para atacar juntos el cambio climático. Más allá del futuro distópico que describe Sohr en su libro, la invitación de hoy es a llevar al presente esas ideas que parecen hasta ahora una lejana utopía pero que deben transformarse en urgente realidad. Ya sea desde la empresa, la política o la ciudadanía, debemos cambiar nuestros hábitos de consumo, lo que compramos, lo que comemos, de dónde sacamos nuestra energía, cómo nos movemos, etc.

Votemos por líderes que luchen contra el cambio climático, exigiendo cortar los subsidios de combustibles fósiles e invirtiendo en fuentes renovables, dejando los combustibles fósiles en la tierra y apoyando los impuestos a las emisiones de carbono. Construyamos una economía libre de carbono, apoyemos políticos con visión medioambiental, modifiquemos nuestros hábitos de consumo hoy. ¿Estamos preparados? Quiero pensar que sí.



Sarah Derroisne